IX
De los piratas impíos
que envenenaron las venas
de tus manglares y ríos,
tus mares y tus arenas,
libéranos, Santo Cristo,
para que sean salvadas
las aguas en las que he visto
resplandecer tu mirada.
Con dulce lluvia del cielo
da a nuestras almas consuelo,
cura estos cuerpos en guerra,
y ayúdanos a aplacar
la sed que abrasa el hogar
que nos diste en esta Tierra.

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