I
y el cielo, con su quietud,
envuelve en su brisa grata
al Cristo de la Salud.
Ya llegan de todos lados
fieles y menesterosos,
buscando ser consolados
por los brazos milagrosos
del Hijo de Dios Amado,
que libera del pecado
y premia nuestro fervor
con su infinita bondad,
sanando la enfermedad
e
hiriendo el alma de amor.

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