IV
Cada domingo en la plaza,
con sus manos consagradas,
las siervas del Cristo amasan
sus divinas empanadas.
En el hondo precipicio
de un hirviente caldero
-remedando el sacrificio
de Jesús en el madero-
se fríen las medias lunas
en aceite, una por una,
hasta alcanzar su ascensión,
como cuentas de un rosario
que los fieles del Santuario
consumen
con devoción.

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